Cuando eliges qué decir, qué hacer o hacia dónde mirar, parece lógico pensar que primero analizas la situación, tomas una decisión y después actúas. Pero un neurocientífico de la Universidad de Indiana propone que el cerebro podría funcionar de una manera muy diferente.
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| Cerebro y toma de decisiones según una nueva teoría de la neurociencia |
La idea resulta desconcertante: quizá no exista dentro del cerebro un mecanismo independiente que reciba información, “decida” qué hacer y luego envíe una orden al cuerpo. En su lugar, lo que llamamos una decisión podría surgir de la interacción constante entre la percepción, el movimiento, el cuerpo y el entorno.
La propuesta procede de Thomas W. James, profesor del Departamento de Ciencias Psicológicas y Cerebrales de Indiana University, y aparece desarrollada en un artículo publicado en Journal of Cognitive Neuroscience.
Durante años imaginamos el cerebro como una cadena de pasos
La explicación intuitiva parece sencilla: primero percibimos algo, después lo pensamos, tomamos una decisión y finalmente actuamos.
Por ejemplo, imagina que estás caminando y ves una pelota acercándose rápidamente. Primero la detectas, después interpretas lo que ocurre, decides apartarte y finalmente mueves el cuerpo.
Este esquema, que James cuestiona, separa la percepción, la supuesta decisión y la acción como si fueran etapas independientes y ordenadas.
El problema es que el cerebro y el comportamiento pueden ser bastante más dinámicos.
La decisión podría no ser el paso intermedio que imaginamos
El argumento central de James es provocador: las decisiones, entendidas como procesos mentales, no serían la causa directa de nuestras acciones.
Eso no significa que decidir sea una ilusión ni que nuestras elecciones no existan. La propuesta es más específica: lo que llamamos “decisión” podría ser una descripción de alto nivel de lo que está ocurriendo, pero no necesariamente un mecanismo físico separado dentro del cerebro que provoque posteriormente el movimiento.
Según el artículo, las acciones serían producidas por la interacción de procesos sensoriomotores, mientras que la experiencia de haber tomado una decisión surgiría de esos mismos procesos.
El entorno también influye
La propuesta de James plantea que nuestras acciones no dependerían únicamente de lo que ocurre dentro del cerebro. Cuando caminamos, conducimos o esquivamos un obstáculo, recibimos información constantemente y nuestro cuerpo ajusta sus movimientos en tiempo real.
Así, percibir, moverse y actuar podrían formar un proceso continuo, en lugar de etapas completamente separadas. El entorno cambia lo que percibimos y esa nueva información modifica inmediatamente nuestra siguiente acción.
Esta perspectiva ayudaría a estudiar el comportamiento humano como una interacción constante entre cerebro, cuerpo y entorno.
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Investigación científica sobre decisiones, percepción, movimiento y
entorno |
Una decisión puede ser una descripción, no un “jefe” dentro de la cabeza
Para explicar esta diferencia, la propuesta utiliza una idea especialmente interesante: algunos conceptos son útiles para describir un sistema completo aunque no sean objetos físicos independientes capaces de provocar algo por sí mismos.
El centro de masa de un objeto es un buen ejemplo. Podemos calcularlo y utilizarlo para describir cómo se comporta un cuerpo, pero no existe una pequeña pieza dentro del objeto que sea literalmente su “centro de masa” y que lo controle.
James plantea una posibilidad parecida para las decisiones: decir que una persona “decidió” hacer algo puede ser una descripción correcta de su comportamiento, pero esa descripción no explica por sí sola qué mecanismos físicos produjeron la acción.
Un pequeño robot plantea una pregunta enorme
Uno de los ejemplos más llamativos de esta teoría procede de la robótica.
Imagina un robot sencillo equipado con sensores y motores. Puede desplazarse por un espacio y seguir una pared gracias a la forma en que sus sensores y sistemas de movimiento interactúan.
Desde fuera, su comportamiento podría parecer intencional. Parece que el robot “sabe” qué está haciendo y que ha elegido seguir la pared.
Pero no necesita tener un pequeño sistema interno que diga: “He decidido seguir esta pared”.
Su comportamiento puede surgir directamente de la interacción entre sus sensores, sus mecanismos de control, sus motores y el entorno.
La pregunta que plantea James es entonces inevitable: ¿podría parte del comportamiento humano funcionar mediante una lógica parecida?
Esto no significa que no tengamos voluntad
Aquí es donde resulta importante no llevar la propuesta más lejos de lo que realmente dice.
El trabajo no demuestra que los seres humanos carezcan de voluntad, conciencia o capacidad para elegir. Tampoco establece que nuestras decisiones sean falsas.
Lo que cuestiona es una determinada explicación sobre cómo se relacionan las decisiones con las acciones en el cerebro.
James sostiene que podemos seguir utilizando palabras como “decidir”, “elegir” o “intentar” porque son extremadamente útiles para describir nuestro comportamiento. La cuestión científica es si esos conceptos corresponden también a mecanismos neuronales independientes que causan directamente nuestras acciones.
El problema del supuesto “jefe” del cerebro
La idea de que existe un controlador central también genera otro problema: si hay una parte del cerebro que recibe toda la información, analiza las opciones y decide qué hacer, ¿cómo funciona exactamente esa parte?
Y si dentro de ella hubiera otro sistema encargado de tomar sus decisiones, habría que explicar también cómo funciona ese segundo sistema.
Esta dificultad recuerda al llamado “Teatro Cartesiano”, una idea criticada en filosofía de la mente y asociada al problema de imaginar que existe una especie de observador interno que contempla todo lo que sucede en el cerebro.
La propuesta de James intenta evitar ese problema buscando la explicación directamente en los mecanismos físicos que conectan percepción, movimiento y entorno.
¿Qué cambiaría esta teoría en la neurociencia?
Si esta perspectiva gana fuerza, estudiar la toma de decisiones podría requerir experimentar de una manera diferente.
En lugar de utilizar únicamente pruebas muy controladas en las que una persona observa un estímulo, pulsa un botón y recibe otro estímulo, los investigadores podrían estudiar comportamientos en situaciones más naturales, donde las personas tengan libertad para moverse, explorar y modificar continuamente su entorno.
El propio artículo propone avanzar hacia experimentos más ecológicos y dinámicos, capaces de observar cómo el cerebro actualiza continuamente sus procesos sensoriomotores mientras una persona interactúa activamente con el mundo.
Una idea que conecta neurociencia y robótica
Una de las partes más interesantes de esta propuesta es precisamente su conexión con la robótica.
En determinados sistemas robóticos, comportamientos aparentemente complejos pueden surgir de la interacción de varios mecanismos sencillos, sin necesidad de un controlador central que supervise cada movimiento.
James plantea que estos modelos podrían servir como inspiración para buscar explicaciones más detalladas sobre cómo surgen comportamientos complejos en organismos vivos.
Entonces, ¿quién toma nuestras decisiones?
La respuesta que propone esta nueva perspectiva es bastante diferente de la imagen tradicional.
No habría necesariamente un “decisor” único dentro del cerebro. En cambio, diferentes procesos neuronales y sensoriomotores interactuarían continuamente entre sí y con el entorno, produciendo tanto nuestras acciones como la experiencia subjetiva de haber tomado una decisión.
Es una diferencia sutil, pero importante: no se está diciendo que las decisiones no existan, sino que quizá no funcionen como una pieza independiente que se encuentra entre pensar y actuar.
El planteamiento de James es una propuesta teórica y no una prueba definitiva de que todas las decisiones humanas funcionen de esta manera. Su valor está precisamente en abrir una pregunta sobre uno de los supuestos más intuitivos de la neurociencia: que primero pensamos y decidimos y después nuestro cuerpo ejecuta la orden.
Tal vez el cerebro no funcione como una oficina con un jefe dando instrucciones. Tal vez se parezca más a un sistema dinámico en el que percibir, moverse y adaptarse forman parte del mismo proceso continuo.
La pregunta que queda abierta
Si nuestras decisiones y acciones surgen de interacciones entre cerebro, cuerpo y entorno, todavía queda una cuestión mucho más profunda: ¿cómo aparece entonces la sensación consciente de que somos nosotros quienes elegimos?
Responderla podría obligar a la neurociencia a estudiar la mente desde una perspectiva menos parecida a una cadena de instrucciones y más cercana a un sistema vivo que cambia constantemente mientras interactúa con el mundo.
Por ahora, la idea es una provocadora propuesta científica, no el final del debate. Pero plantea una posibilidad fascinante: quizá cuando sentimos que acabamos de tomar una decisión, nuestro cerebro ya esté haciendo algo mucho más complejo de lo que esa palabra alcanza a describir.
Fuente científica
Thomas W. James, Sensorimotor Mechanisms of Decisions and Actions, Journal of Cognitive Neuroscience, 2026. El artículo fue publicado en el volumen 38, número 6, páginas 1089-1100.

